Arancha Martín

 

ARANCHA MARTÍN (Salamanca) | 25/11/2016

De pequeña soñaba con mi príncipe azul, formar una familia y triunfar en mi profesión. Era cuando Ken era mi chico, teníamos un bebé precioso y yo era la feliz Barbie periodista que escribía poesía y entrevistaba al resto de las muñecas. Tengo 41 años. Y he cumplido todos aquellos sueños de niña. Encontré a mi Ken particular. Tengo un nene precioso de dos años y medio. Me considero buena profesional que ha trabajado en prensa, radio y televisión. Y sí. Soy feliz.

Con lo que no contaba era que la salud iba a fallarme cuando todo era perfecto. Mi Barbie periodista no tenía problemas al caminar. Ni falta de equilibrio. Ni una fatiga constante. Ni la incertidumbre que provoca tener una enfermedad crónica. Aquella muñeca ni siquiera sabía qué era la Esclerosis Múltiple.

Sin embargo… me considero una mujer privilegiada. En todo y por todo. Tengo Esclerosis Múltiple. Pero también una familia preciosa. Y una vida, forjada a base de amor, comprensión y complicidad, que no cambiaría por nada del mundo. Eso sí, tengo que reconocer que el camino hasta llegar aquí no ha sido fácil. Nada fácil.

Todo comenzó cuando tenía 27 años. Tras una época de estrés y alguna que otra decepción, el lado derecho de mi cuerpo se paralizó. Resonancia. Y nada más salir del tubo me espetaron: Infarto cerebral. El susto fue indescriptible. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué había hecho yo? ¿Qué consecuencias tendría? Tras la retahíla de pruebas y la rehabilitación mi recuperación fue completa. Parecía que todo había sido un terrible episodio. Y mi vida continuó. Con miedo. Pero con fuerza y ánimo.

Pero a los dos años… volvió a suceder. En esta ocasión comencé a notar que las palabras que pensaba no eran los balbuceos que salían por mi boca. Y estaba presentando un programa, en directo, en la televisión de mi ciudad. ¡Horror! Había vuelto a pasar. De nuevo una batería de pruebas. Y una nueva manchita blanca en mi cerebro apareció en la resonancia. ¿Qué me pasa? ¿Qué tengo? Y solamente la certeza de que se trataba de una enfermedad desmielinizante fue la respuesta. Podía volver a suceder. Pero también podía no volver a pasarme nunca. Y así me quedé. Con esa incertidumbre de no saber a ciencia cierta ni por qué, ni qué me sucedía.

Mi Barbie periodista siguió trabajando en la profesión más bonita del mundo. Y un buen día, cuando apareció aquel chico espigado en ese bar, supe que era él. Mi Ken había llegado. Desde entonces todo ha sido un tiovivo de sentimientos. De decisiones complicadas. Renuncié a mi trabajo, me fui a vivir a su ciudad dejando atrás la mía, nos casamos, viajamos, reímos, lloramos, sufrí una operación durísima de espalda, la tristeza de dos abortos, y en junio de 2014 llegó a nuestras vidas la personita más linda que jamás hubiera podido soñar. Mucho mejor que en mis deseos de niña. Todo se estaba cumpliendo. Mi vida, con 39 años, era perfecta. Y lo que había sucedido en el pasado… un vago y lejano recuerdo.

Y de repente, sin avisar, sin anestesia, mi pierna izquierda comenzó a debilitarse. Algo pasaba. ¡Otra vez no, por favor! ¡Ahora no! Mi niño tenía 6 meses. Resonancia y… lo que todos pensábamos y nadie nos atrevíamos ni a pronunciar. Ya no había duda. En diciembre de 2014 la neuróloga dijo su nombre: Esclerosis Múltiple. Mi mundo se vino abajo. Pensé en mi nene. En mi marido. En mis padres. Ninguno merecía tener a su lado a una mujer enferma. Y rompí a llorar. Mi muñeca Barbie se había partido por la mitad. Y no veía la solución. Por ningún lado.

La cama parecía ser mi mejor aliada. Y el mal humor mi fiel compañero. El pinchazo de Interferón era un motivo para sentirme desgraciada. Terriblemente desgraciada. Incomprendida. Y sola. Rodeada de gente que me quería. Y sin embargo… sola. Los efectos secundarios eran terribles: Fiebre, escalofríos, calor, espasmos, imposibilidad para moverme, cansancio infinito, depresión, angustia. Y así iban pasando los días. Sin dejar que nada ni nadie me salvara de esa amargura constante.

De repente, una buena mañana miré a mi bebé. Con esa sonrisa que no entiende de males. Miré a mi marido. A esa persona buena que no sabía ya que hacer para recuperar a la mujer de la que se enamoró. Aquella que se comía el mundo y que, sin embargo, el mundo se la había comido a ella de un bocado. Y miré a mis padres. Sus ojos tristes. Y sus canas brotadas a base de sufrimiento. Y me dije: ¡Basta! ¡No puede ser! ¡Se acabó! Y entonces todo cambió. Decidí no volver a decir que cojeaba porque tenía un esguince. Tengo Esclerosis Múltiple. Sí. ¡Y SOY FELIZ! Y lo conté a todo el que me quisiera escuchar. O leer, a través de www.aranchamartin.com/EM Y quizá así, con mi experiencia, con mi forma de ver las mismas cosas, pero EMPOSITIVO, pudiera ayudar a aquellos que estuvieran pasando por lo mismo que yo.

Estoy aprendiendo a gestionar mi fatiga. Y si tengo que ir más despacio… voy más despacio. Si me tengo que parar, me paro. El tiempo es relativo. Pero es mío. Mi tiempo. Y no pienso desaprovechar ni un solo instante en venirme abajo. No pienso estar ni un solo segundo sin disfrutar de mi familia. De mis amigos. De la VIDA. Sé que tengo limitaciones. Y las acepto. Sé que tengo problemas de movilidad y un cansancio extremo. Y lo asumo. Sé que mi mundo ha cambiado. Y lo comprendo.

Ahora la sonrisa es mi aliada. Y, con la rehabilitación, estoy mejorando muchísimo a la hora de caminar. ¡Aprendiendo a caminar con 41 años! Pero aprendiendo. Siempre aprendiendo. Con miedo, sí. Pero con la seguridad de que la enfermedad viajará a mi lado en este camino, y me pondrá zancadillas, pero no logrará caerme. Intentaré que vaya un paso por detrás. Y me mire envidiosa mientras mi hijo me da la mano y caminamos juntos el sendero de esta vida tan hermosa.

Por eso sólo puedo alzar la mirada y sonreír. Y dar gracias. Gracias a la vida… que me ha dado tanto. La Barbie de mis sueños ahora está un poco cojita. Y quizá no pueda hacer lo que hacía antes. Pero tiene fuerza. Ilusión por el futuro. Esperanza. No se rinde. Tiene a su familia. A su Ken. A su niño. Y sigue escribiendo poesía.


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6 Responses to

  1. Barbara dice:

    Arantxa solo las mujeres fuertes y con esa alegría son capaces de superarlo todo. Eres muy valiente. Hace muchísimo que no te veo pero te recuerdo siempre con esa sonrisa maravillosa y llena de energía positiva. Siempre recordaré ese artículo precioso y entrañable que escribiste sobre mi en un desfile, cariñosa y calida. Te mando mi cariño para seguir con ese optimismo y mira a ese niño crecer que será el que te de toda la fuerza para levantarte cada día. Besos

  2. Silvia García dice:

    Arancha, mucho ánimo guapísima! Lo tienes todo para ser feliz, no dejes que la enfermedad debilite tu gran fuerza. Un beso enorme

  3. Trinidad Parra dice:

    A la Arancha que yo conozco, esta enfermedad sólo le hará un poco más difícil el camino, pero nunca se lo cortará, no mientras le quede un aliento y una alegría por la que seguír luchando, y ella por suerte tiene mucha fuerza y mucha gente por la que luchar… Un abrazo fuerte cariño

    • Arancha dice:

      Muchísimas gracias reina!!!! No sé si seré fuerte, créeme q lo dudo, lo q sí sé es q todos los q están a mi lado, y me quieren, no se merecen q me venga abajo!!! Y mi neneeee!!!! Es taaan bonito! Tan noble! Tan divertido! Tan cariñoso!!!! …. Que suerte tengo! D tener tanto! D teneros!!! Gracias!!!

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